sábado, 16 de marzo de 2013

Vivo y libre.




Es la hora. Todo está en orden y estoy preparado. Miro alrededor ...todo en calma.

El cielo azul delata poco a poco sus intenciones de oscurecerse en unas horas. La nubes se preparan para teñirse de naranja y rojo, para después desaparecer en la inmensidad de la noche. Se que me va a sorprender. Lo confirman experiencias pasadas que no puedo olvidar y que de nuevo me traen hasta aquí.

Comienzo a dar los primeros pasos, al principio un poco torpes. Quizás debamos traducir la torpeza como una sensación de ímpetu, ese que debo controlar para disfrutar plenamente. Llevaba muchos días con ganas de volver. Así comienzo a avanzar metro a metro, alternando mis pasos con oxigenadas y renovadas inspiraciones a las que siguen relajantes exhalaciones. Poco a poco la musculatura despierta, tomando conciencia del lugar en el que se ejercita y estimulando los movimientos de mi cuerpo, adentrándome en un espacio de naturaleza inmensa y salvaje.

Despiertan también los sentidos y la mente. Los primeros captan el olor de este gran espacio natural, el tacto de las retamas cuando extiendo un brazo y las rozo con los dedos de la mano, en un movimiento lento que contrasta con la velocidad que mis piernas han dado a mi cuerpo, que se desplaza a través del sendero con fluidez y soltura. Se oyen con armonía los pasos de mis zapatillas sobre la tierra, como si se trataran de un instrumento de percusión que acompaña con la melodía de una canción. Saboreo el momento presente en el que me siento Vivo.

La mente me habla. Me cuenta que lo que hago me gusta, me fascina y me maravilla. Despeja las dudas y los temores, me dota de seguridad y bienestar. Crea un fuerte vínculo, en un ejercicio de integración entre hombre y naturaleza, entre lo humano y lo salvaje. Así es como lo que hago cobra lógica y sentido, manteniendo mi determinación y bloqueando el cansancio, perseverando en mi objetivo y  desafiando al conformismo. Sentir y pensar, pensar y sentir, capacidades extraordinarias para un simple elemento del universo.

El paisaje me regala un nuevo color, una vista diferente en cada  fotografía que capta mi retina, en el juego de las luces que el sol distribuye en el cielo, las nubes, el volcán, las retamas y en el conjunto del paisaje. Esta grandiosa visión dispara mi adrenalina, mis piernas dan todo el empuje necesario para hacerme volar sobre el sendero, subo las cuestas del terreno con la potencia física y la del corazón, que no bombea sangre, sino pura vida salvaje que inunda mis arterias, aportando una dinámica energía que me fortalece y mejora en cada paso, en cada sorbo de aire Libre.

Ante mi aparecen claras y diferenciadas las señales del tiempo. Ha pasado más de una hora y media y las nubes se han vestido de gala para fundirse en la noche. Sus colores naranja y rojo van perdiendo brillo con los últimos minutos de la tarde. La silueta del gran volcán se refuerza con las sombras, dando un aspecto grandioso y altivo que domina el paisaje. El último rayo de sol se despedirá en el horizonte para dejar espacio a otro espectáculo, que dejaría sin palabras al más elocuente orador, al más reflexivo de los filósofos y al más perfecto de los matemáticos, el gran manto de estrellas...la noche.

Al igual que el sol he llegado al final. La mente y los sentidos requieren ahora reposo y descanso. Pasarán días o semanas, pero algo me dice que pronto volveré a estar Vivo y Libre.